Un viaje totalmente improvisado, de los buenos. A media mañana estoy desayunando con el Broda y pensando que vamos a hacer para cenar cuando llama Youza diciendo que sale de currar a las tres. Nos vamos a Vejer? Si sale a las tres nos da tiempo... La idea nos provoca una gran excitación, a los dos no apetece irnos a ver el mar y Youza es como de allí, así que no hay duda. Confirmamos que hay sitio donde quedarse, liamos a Puto Polaco, que acaba de llegar de Londres y anda un poco descolgado, y a las cinco y media estamos saliendo los cuatro para allá.
Nunca había viajado así. Prácticamente no hay camiones y a partir de despeñaperros solo encontramos algún coche cerca de los pueblos más grandes. Una gozada, toda la carretera para mi solo. En el último tramo ya es una pasada, cuatro coches despistados entre Sevilla y Vejer!!!
Pasadas las once llegamos a la Plaza de España con el tiempo justo de soltar el coche, localizar a la basca y zamparse algo antes de las campanadas. Afortunadamente en la casa donde están todos cenando tienen uvas de sobra, porque con las prisas nosotros nos hemos dejado las nuestras en el coche, entre el equipaje. La anfitriona me da un racimo, las cuento y casualmente están las doce justas!! Esto promete...
Después de las campanadas el Broda se hace con la música y empieza la fiesta. Yo poco a poco voy quitándome esa sensación de videojuego que me han dejado los seiscientos y pico kilómetros del tirón que me acabo de meter pal cuerpo, y tras un ratito en la casa convencemos a nuestros anfitriones para bajarnos a La Mecarola, un garito en la playa de Caños, que en el fondo es para lo que me he venido hasta aquí, a pasar la noche en buena compañía y junto al mar.
El garito mola, una pista no muy grande con una barra y un enorme ventanal dando al mar, y una terraza exterior sobre la playa. Los anfitriones, una pareja majísima que lleva ya un montón de años viviendo por allí, son colegas del dueño del local, y como la música que están pinchando no es muy allá le entran al Broda para que pinche un rato, que se pasa el resto de la noche montando la fiesta sin siquiera unos malos cascos. El resto lo agradecemos, buen funky, buen rollito y mucho saltar.
Poco a poco la luz del amanecer va dejándonos adivinar el movimiento del mar a través de los cristales. Nos bajamos a la playa. Lentamente lo que era un gris azulado se va llenando de colores. Azules, rosas, amarillos, dorados; un deleite pa los sentidos. Una preciosidad.

Después de estar un buen rato disfrutando la amanecida no tengo ánimos para seguir liándome. Muchos kilómetros, muchos saltos, cierran La Mecarola y visto que hay que moverse, nos vamos al sobre un rato..

La casa que nos han dejado está bastante maja. Una clásica casa de pueblo de las que hay por allí, con patio, pozo y jazmín.

Mientras nos preparamos para salir me dedico a hacer algunas fotos para un montaje:
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Luego nos acercamos a la playa a echar un rato y a ver ponerse el sol sobre el mar.
